Me temo que cuando llegue a oídos de Mariano, don Mariano, que el pasado miércoles le rendimos un homenaje, no podrá evitar fruncir cariñosamente el ceño y sentir cierta incomodidad. No porque no fuera agradecido, todo lo contrario, sino porque siempre huyó del aplauso y de la notoriedad,a veces incluso, con una persistencia casi obstinada. Y es que la modestia fue una cualidad que siempre estuvo presente en su vida. Pero no fue la única. También fue un hombre generoso, muy generoso. Ayudó a infinidad de personas y familias, sin buscar ni pedir nada a cambio. Cedió terrenos para laconstrucción de viviendas sociales, e incluso, puso a disposición de unos jóvenes inconformistas un amplio local donde establecer un club juvenil, que a la larga se convertiría en el Club Atalaya- Ateneo de la Villa.
Lo cierto es que cuando intentamos definir a Mariano no resulta fácil hacerlo con cualquier palabra o frase al uso. Su compleja personalidad rebosaba de matices y en ella convivían dos extremos,
quizá heredados. Nacido de un padre culto, algo volandero, y no menos polifacético -lo mismo escribía una novela, que pintaba un cuadro, quitaba un quiste o ayudaba a traerte a este mundo -; y de una madre bondadosa y recatada, profundamente religiosa, Mariano vino luchando a lo largo de su vida por mantener un difícil equilibrio entre esos dos polos.
Había en él, por un lado, un insaciable deseo de conocer, de comprender el mundo y al hombre desde una perspectiva científica, viajando, enfrentándose a las enfermedades en su condición de médico, buceando sin cesar en las fuentes de la ciencia, interrogándose permanentemente sobre el enigma de la evolución humana; y por otro, un anhelo de espiritualidad, una búsqueda de la
trascendencia y una honda preocupación por los pobres, víctimas de las injusticias sociales. Por ello creyó encontrar en los años 70 la simbiosis idónea a sus convicciones en los movimientos sociales que, partiendo de concepciones religiosas tomaban partido por los desheredados, y combinando creencias cristianas y teorías marxistas luchaban por un mundo nuevo, igualitario y fraternal.
Y fue en Cieza, aquí en este pueblo, en un “destino imposible”, como le gustaba decir citando un verso de su amiga Pilar López, donde don Mariano eligió quedarse a vivir para siempre: “No me imagino viviendo en otro lugar que no sea Cieza”, se le oía decir. Y eso que pudo haberse quedado en Madrid,cuya Facultad de Medicina lo reclamaba. Pero fue aquí, en este pueblo con el mantenía una difícil y compleja relación de amor y desamor, donde transcurrió su vida. En esta Cieza que hunde sus raíces prehistóricas en barrancos cercanos a la localidad, desde los Grajos a la Serreta; que tiene en Bolvax su continuación ibérica; su impronta romana en el Realejo; en Medina Siyasa su esplendor arábicohispánico;y que en el siglo XX, con el esparto, vio nacer una industria que su abuelo D. José García Silvestre, el Precioso, ayudó a desarrollar como empresario.
Fue en este pueblo -al que tan apegado estaba Mariano y cuya geografía recorría incansablemente, primero como médico y luego como paseante-, donde vivió y donde pasó su vida dedicado en cuerpo y alma a la medicina, pero también leyendo con voracidad, estudiando, pensando,escribiendo, viendo cine, haciendo teatro –una de sus aficiones favoritas-, siguiendo con atención los acontecimientos políticos y sociales de España y del mundo, y sobre todo, preguntándose, preguntándose constantemente.
De Mariano siempre recordaremos su mirada culta e inquieta penetrando con agudeza en la realidad; su sed de conocimiento, su inmensa cultura, ese cierto aire aristocrático que irradiaba su persona, y su palabra pensada y escogida, alejada de los ecos, que seducía a quien lo escuchaba. Como seduce su escritura. Esa prosa limpia, humana, inundada de poesía, que él cultivaba sin pretensiones en su biblioteca.En ella, rodeado de libros, pasaba largas horas escribiendo o dibujando, bajo una lámpara cenital que impregnaba de luz barroca la instancia. Allí, en aquel claroscuro casi monacal acudían los recuerdos o revoloteaban los pájaros de su rico mundo interior.
A Mariano, la vida lo ubicó en una casa burguesa de altos techos, pero igualmente podría haber vivido en una celda con las privaciones de un franciscano sin echar en falta para nada los placeres de la vida acomodada. Si algo sabía Mariano, era valorar lo esencial y prescindir de lo superfluo. Cuanto hizo –y fue mucho- fue siempre por convicción moral, jamás por vanidad o buscando adulaciones o un reconocimiento público que no necesitaba.También fue aquella espléndida biblioteca, con las estanterías repletas de libros, refugio de jóvenes inquietos que despertaron al mundo de la cultura siguiendo la estela del mayo del 68, y sería también en los años de la transición política sede de reuniones donde se plantearon sueños de ruptura y proyectos utópicos para una Cieza mejor.
Mariano fue fundador y colaborador asiduo de la revista Trascieza desde los años 70. Una publicación con más de veinte revistas editadas y cientos de artículos publicados cuyos trabajos e iniciativas, siempre han perseguido la recuperación de nuestra memoria histórica y la defensa del patrimonio histórico local. En Trascieza publicó Mariano entre otros su “Estrafalario cuento del regreso de la Niña Doña Elena, un hermoso relato mágico que firmó con al nombre de Absalón Silvestre, o sus Tres Cartas Urgentes dedicadas a su amiga la poeta Pilar López. Y en Trascieza vuelve a ver la luz su magnífico ensayo “Cieza 1939-1941: Tiempo de represión y revancha”, un estudio riguroso sobre la represión franquista, esta vez incluido en los Cuadernos Ciezanos, editados con motivo de la creación del Certamen de Estudios Locales y Memorial que lleva su nombre.
Los últimos años de su vida, Mariano los dedicó a escribir con profusión, y a dibujar sin descanso, retomando una antigua afición de juventud. También siguió viva su pasión por las teorías científicas sobre la evolución y cumplió cada verano con el rito de releer con el mismo interés un grueso libro sobre el origen de la vida que guardaba celosamente en un lugar preferente de su biblioteca. Todo ello sin dejar de vivir la fe a su manera. Tampoco le abandonó su interés por las innovaciones tecnológicas. Si en los sesenta fue pionero cuando adquirió una cámara Super Ocho y grabó unas imágenes únicas e inolvidables de Cieza y de sus gentes, también cuando aparecieron los ordenadores supo adaptarse a los nuevos tiempos. No sin cierto pesar al principio, abandonó su vieja Olivetti y el tippex y se hizo “amigo” de un Pentium con quien mantenía encendidas y frecuentes trifulcas. Y aunque le costó, terminó por reconocer las ventajas que le ofrecía el procesador de texto en sus largas tardes de escritura.
Fue, esta última, una faceta más en la vida de un hombre digno del Renacimiento, pues a su saber enciclopédico se unía una inmensa curiosidad intelectual y una generosidad propia de mecenas. Un hombre para quien la amistad fue un bien absoluto.
Por eso y por tantas otras cosas, hemos querido, Mariano, don Mariano, darle tu nombre a ese Memorial.
Y, por favor, cuando llegue a tus oídos que la otra noche te rendimos un homenaje, no frunzas el cejo, aunque sea cariñosamente. Debes saber, que todos los que estuvimos allí te seguimos llevando en el recuerdo… y en el corazón.